Por qué yo no podría votar nunca a VOX.

 

Escribo esto porque algunos bien queridos amigos han mostrado abiertamente cierta simpatía por VOX o, al menos, con algunas de sus “ideas” fundacionales. En ocasiones comienzan alguna conversación con algo parecido a “no es que yo sea de VOX, pero coincido en…”, y confieso que me da cierta pereza rebatirles. Tengo la esperanza de que, si tienen la paciencia de leer estas líneas, se vean disuadidos de iniciar un debate que no va a ocurrir y, si ocurre, siempre podré referirme a ellas y cambiar de conversación.

Los que me conocen saben que no soy una persona de ideologías. Siempre me ha resultado imposible situarme en un lado del tablero político y sólo cuando surgió algún partido que pretendía dejar la ideología a un lado para poner a la razón en su lugar (UPyD, Ciudadanos…) pude votar con convencimiento. Soy un librepensador que no desea someterse al dictado ideológico de ningún partido. Preferí la fatigosa libertad a la comodidad de tomar el camino de servidumbre, dudar en lugar de asumir certezas, equivocarme por mí mismo en vez de aceptar sumiso el dictado de un libro divino u otro con las tapas rojas, no  me convencieron tipos que gritaban consignas desde un púlpito o desde el atril decorado con las siglas de una formación política, nunca me sentí cómodo en el medio de una manifestación, y siempre creí que deben resolver los problemas quienes tienen más cualificación para hacerlo y no quienes llevan el carnet de un partido en el bolsillo. Echo de menos los ideales de la Ilustración, que hizo de Europa un lugar diferente y próspero en el mundo, dejando atrás siglos de oscuridad para iniciar el despegue hacia una sociedad abierta, libre y basada en el conocimiento. Miro a mi alrededor y me da rabia y lástima contemplar que la comodidad, esa gran enemiga del género humano, ha ganado la batalla, utilizando el teléfono móvil, las redes sociales y ahora la IA como armas para sustituir el esfuerzo por aprender y mejorar con el apoyo del verdadero conocimiento por discursos o videos de coaches, charlatanes o nuevos pastores de almas. Dicho esto, es evidente que no podría votar a un partido que propone soluciones simplonas a problemas complejos y que vive del eslogan elaborado para conectar con los miedos de parte de la sociedad (okupas, migrantes, etc). No existe la reflexión racional en el seno de VOX. No veo un debate enriquecedor acerca de los problemas que acucian a mi país. De hecho, cualquier leve disensión de su discurso oficial está siendo rápidamente purgado, y sospecho que alguien como yo resultaría muy antipático a un gobierno VOXero.

Una de las claves de bóveda en la ideología VOXiana es la dualidad “de aquí/de fuera” (lo que en Extremadura se tradujo en “prioridad para los nacionales” y el PP aceptó estúpidamente para seguir gobernando). Pero, como saben quienes me conocen, mi dualidad es “productor/extractor”. Siento un profundo desprecio por las personas que viven de los demás sin ofrecer nada valioso a la sociedad y un gran aprecio por quienes todos los días se esfuerzan por hacer una labor útil para el resto de ciudadanos. Me es indiferente cuál sea esa labor y me da igual dónde hayan nacido, ser madrileño o sevillano no exculpa a un extractor a mis ojos. Creo en el mérito, el resultado del producto del talento por el esfuerzo, tan denostado en estos tiempos por sectores de la izquierda y también por algunos liberal-capitalistas que se jactan de ganar mucho dinero simplemente especulando desde la cubierta de un yate. Y creo que una persona que llegó a un país extraño y que, con su laboriosidad, ha podido sacar adelante a una familia o ha fundado un pequeño negocio de reparación de coches o de fontanería, tiene un mérito enorme, porque ha mediado un gran esfuerzo, probablemente mayor que el que yo he tenido que hacer. Nunca he escuchado a VOX hablar de mérito y, si miro el irrisorio curriculum de su líder actual, me puedo hacer una idea de lo que él piensa al respecto. Entre una persona brillante y otra obediente, creo que su elección estaría clara.

Los amigos nos definen. Me llena de orgullo repasar las amistades que fui haciendo a lo largo de los años y nunca me he encontrado con mujeres que alcanzan una cátedra desde un simple bachillerato, con mascarillistas que se forran especulando en plena hecatombe pandémica, ni con músicos que no saben de qué trabajan pero sí de donde cobran, ni con puteros que colocan a señoritas a sueldo de todos nosotros, ni me imagino a un amigo comiendo tranquilamente en un restaurante cuando el agua arrastra a cientos de personas que están a su cargo. Esa fauna es para mí completamente desconocida. Los amigos nos definen, y los míos son gente honesta. ¿Quiénes son los amigos de VOX? Trump, Netanyahu, Orban, Le Pen…juzguen ustedes.

La uniformidad me espanta. Cuando era niño, me resultaba inquietante ver en televisión las filas de los encapuchados de semana santa, marchando todos a la vez en silencio, al ritmo de unos tambores o de una marcha fúnebre. Ahora me causa la misma inquietud ver una muchedumbre gritando en las calles de Teherán con una foto de un ayatolah, o una manifestación feminista encabezada por señoras enfurecidas con el pelo coloreado. Las uniformidades religiosas, wokianas o ideológicas me parecen pesadillas propias de una novela distópica de ciencia ficción. Y ese deseo de gobernar una sociedad acrítica, dócil, en la que un individuo se parezca al de al lado, está presente en muchos países y en muchos dirigentes políticos. Alguien que sospecha de quienes le llevan la contraria en alguna cuestión, que huye de una confrontación de ideas, que exige obediencia ciega (o, por lo menos, cara al público) es alguien que duda de sí mismo, que teme ser descubierto, despojado de su disfraz y mostrado como realmente es. Abascal encaja bien en ese perfil (como saben por experiencia compañeros de partido que osaron plantarle cara). Alguien me podría argumentar que todos los políticos españoles encajan en esa descripción, y le daría la razón, pero ahora no estoy hablando de ellos.

No creo estar corriendo un riesgo por hacer pública esta opinión. Sinceramente, un futuro con Abascal como presidente, subido a un escenario y gritando consignas brazo en alto a miles de españoles, me parece altamente improbable. No correré el mismo destino que Milan Kundera, a quien un escrito inocente, una pequeña broma, le costó la represión del régimen comunista que ocupó Bohemia y el tener que vivir como un refugiado lejos de su país. 

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