Amancio Ortega es de izquierdas.


 

Soy una persona anideológica, palabra que no existe, pero que debería existir. O más bien, soy una persona cuya única ideología es carecer de ideología. Bien joven, me separé de la religión y siempre me resistí a adoptar una sustituta. No es fácil ser anideológico en un mundo en el que las personas se sienten cómodas abrazando un credo político, cuesta hacer entender una postura racional y minoritaria, pero esto me ha librado de tener que comulgar con ruedas de molino, sortear estresantes disonancias cognitivas, evitar complejos ejercicios de “doblepensar” y terminar una disputa verbal con el consabido “ya, pero los otros son peores”. Tengo amigos de diferentes tendencias y he participado en innumerables conversaciones y discusiones sobre política. Y casi siempre he podido entrever que mis queridos conocidos zurdos se escudan en la pretendida superioridad moral. Reconocen que las personas de izquierdas se equivocan, pero son errores bienintencionados, disculpables porque la intención, el fondo moral, es el correcto (el comunismo podría ser un buen ejemplo). Y siempre, en ocasiones para mí mismo, en otras en voz alta, pregunto qué es exactamente ser de izquierdas.  

Se podría argumentar que ser de izquierdas es votar a un partido del espectro político zurdo. Pero esto es fácilmente rebatible. Es muy posible que un comunista no considere a un socialdemócrata como alguien verdaderamente izquierdoso. O una persona puede dejar en la urna un voto diestro en una elección y siniestro en la siguiente.

Parece más razonable considerar que existen una serie de valores que se vinculan con la izquierda, algunos de forma constante, otros de forma temporal (por ejemplo, la defensa de los nacionalismos periféricos es opuesta a la concepción original de la izquierda ilustrada, pero es artículo de fe hoy en día). Serían valores de la izquierda el feminismo, la defensa del aborto, el interés por el medio ambiente, la protección de tendencias sexuales minoritarias y, sobre todas ellas, la lucha contra la desigualdad. A medida que la sociedad ha ido asimilando muchos de esos valores, la ventana de Oberton ha corrido la doctrina de izquierdas hacia posiciones más extremas (esto también ocurre con la derecha), en ocasiones tan ridículas como las cancelaciones, wokismo, o discriminaciones positivas que carecen del más mínimo sustrato racional. En algo se tienen que distinguir del resto. Pero que una persona tenga unos valores, o incluso que comparta estos abiertamente, es irrelevante. Hablar es barato, lo que cuentan son los actos. Res, non verba. Siendo así, una persona de izquierdas sería aquella que actúa guiada por valores considerados de izquierdas. Y aquí está la dificultad, aun siendo transigente y consciente de que nadie es perfecto y de que todos comentemos errores.

Un defensor del individualismo, de la supremacía del más fuerte, sería seguramente situado en el espectro político diestro. Estos valores resultarán muy antipáticos, aún despreciables para muchas personas, pero es muy probable que ese sujeto actúe según sus principios. No habría una desviación entre la moral y los actos. Ser de izquierdas es más difícil, porque impone unas reglas más estrictas y muchos zurdos (Iglesias, Errejón, Monedero, Ábalos, etc) se desvían del camino correcto, incapaces de cumplir con sus propios mandamientos. Vuelvo a decir que todos pecamos, pero en los casos nombrados no podríamos hablar de un error puntual, sino de una conducta opuesta a lo que predican. Mucha verba, nada de res. O lo que mis amigos y yo denominamos con desprecio “tipos blablablá”. Si, como yo pienso, la mayor diferencia entre izquierda y derecha, al menos desde un punto de vista práctico, reside en la postura frente a la desigualdad que impone la irrevocable lotería genética o el marco social en el que nace y crece una persona concreta, un zurdo hará todo lo posible para mitigar diferencias mientras que un diestro las aceptará como algo natural. Y la única forma de luchar contra la desigualdad son los impuestos (al menos mientras no se pueda alterar la secuencia de ADN), quitar dinero a los que más tienen para dárselo a los más desfavorecidos. De forma general, alguien de derechas se queja y alguien de izquierdas defiende los impuestos. Pero este es un tema espinoso, porque existe un acuerdo universal y nadie defenderá seriamente que desaparezcan los impuestos por completo. Por lo tanto, la principal diferencia entre derecha e izquierda reside en la cuantía de la tasa impositiva. Creo que todos estaremos de acuerdo (incluso los zurdos) con que no se puede quitar a nadie todo lo que gana, así que la discusión se ciñe a delimitar cuánto es justo detraer a cada persona. Si se acepta todo lo anterior, será más de izquierdas quien más aporte para reducir la desigualdad…en forma de impuestos. Por lo tanto, alguien que haya hecho fortuna y entregado millones de euros a la hacienda pública (lo que habrá propiciado becas, inversiones en enseñanza o sanidad) será más zurdo que un habitual participante en manifestaciones pero que ha vivido de subsidios sin aportar nada a la sociedad. Lo dicho, Amancio Ortega es zurdo.

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