Soy una persona anideológica, palabra que no existe, pero que debería existir. O más bien, soy una persona cuya única ideología es carecer de ideología. Bien joven, me separé de la religión y siempre me resistí a adoptar una sustituta. No es fácil ser anideológico en un mundo en el que las personas se sienten cómodas abrazando un credo político, cuesta hacer entender una postura racional y minoritaria, pero esto me ha librado de tener que comulgar con ruedas de molino, sortear estresantes disonancias cognitivas, evitar complejos ejercicios de “doblepensar” y terminar una disputa verbal con el consabido “ya, pero los otros son peores”. Tengo amigos de diferentes tendencias y he participado en innumerables conversaciones y discusiones sobre política. Y casi siempre he podido entrever que mis queridos conocidos zurdos se escudan en la pretendida superioridad moral. Reconocen que las personas de izquierdas se equivocan, pero son errores bienintencionados, disculpables porque la inten...
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