Alguianos
Es indudable que las sociedades
occidentales se han distanciado de las religiones monoteístas tradicionales.
Los motivos son varios y no es mi intención analizarlos en este breve texto.
Sin embargo, persiste el deseo de trascendencia en un número nada desdeñable de
personas, ahora de una forma más indefinida, menos “narrativa”. Los seres
humanos no se resigan a desaparecer sin dejar rastro, pero se muestran cada vez
más incrédulos para aceptar eternidades como la cristiana, un lugar inundado de
luz divina, de paz, felicidad, justicia y conocimiento absolutos, o como la
musulmana, un jardín de exuberante belleza y abundantes comida y bebida
servidas por bellas huríes. Hasta la cerveza acaba cansando, la eternidad es larga... sobre todo hacia el final. Recuerdo que cuando era niño me resultaba más fácil
aceptar la idea de infierno (una mala acción merece un castigo, algo que es
parte de la experiencia humana) que la de cielo (una eterna vida carente de esfuerzo y sin
aparente propósito, algo que más allá de una jubilación al sol de Canarias se
nos puede antojar extraño a los mortales). Más tarde, encontré más placer en
leer el Infierno que el Paraíso de Dante. Es posible que yo no haya sido el
único en desdeñar las descripciones tradicionales del paraíso extraterrenal y,
cada vez con más frecuencia, me encuentro con personas que creen en un “algo”
después de la muerte. Cuando les pido pormenores de ese “algo”, no consigo detalles
precisos que me permitan hacerme una idea de lo que esperan encontrar más allá
de la laguna Estigia. “Creo que hay un algo…”. “Es posible que haya algo que no
podemos saber…”. Creo adivinar una especie de panteísmo, de unión definitiva
con el Dios-Universo o, de forma más prosaica, una integración con la Fuerza que
aparece en la saga de Star Wars, y que nunca supimos exactamente en qué
consiste más allá de que te haces transparente después de palmar.
Sin duda, ser “alguiano” tiene una
serie de ventajas. La principal es que hace innecesario militar en una religión
para serlo. Es decir, se evita tener que “doblepensar” para aceptar dogmas
religiosos infranqueables para la razón y también asumir postulados morales con
los que se puede estar en desacuerdo. Además, no hay obligación de seguir ritos
establecidos ni de guardar debida obediencia a las autoridades que inevitablemente
surgen en las confesiones tradicionales. Liberados de la responsabilidad de la
culpa/castigo, los “alguianos” pueden vivir sus vidas sin remordimientos y
exentos de la ansiedad que puede provocar en los devotos del cristianismo o el
islam la confrontación con sus propios actos y la repercusión que éstos puedan
tener en el lugar que ocuparán en el más allá.
El principal inconveniente del “alguismo”
es que obliga a una concepción dualista del ser humano. Da igual que le
llamemos alma, espíritu, energía o “ghost in the machine”. Hace necesario creer
que existe una realidad más allá del cuerpo, separada de éste, que prevalecerá
después de la muerte biológica y que carece de obsolescencia. Este no es un
obstáculo menor, ya que los “alguianos” que conozco tienden al escepticismo, no
simpatizan con los credos históricos y son bastante remisos a aceptar la existencia
del alma, del cielo y del infierno, lo que les puede provocar una incómoda
disonancia cognitiva. Otra desventaja (o quizás ventaja para algunos) es el
individualismo, no hay un “alguiano” igual a otro y, en consecuencia, no se
podrán beneficiar del soporte grupal. Y, por supuesto, no podrán optar jamás a
subvenciones oficiales, salvo que se agrupen en una nueva religión que, al cabo
del tiempo, se convertiría en algo parecido a lo que ya está inventado.
Me temo que un monista como yo, con la
incapacidad de creer en algo más allá de la realidad biológica, tiene imposible
convertirse en “alguiano”. ¿Y entonces, cómo creo que es el final? Me apunto a
las últimas frases de “La vida manca”, la canción de Nacho Vegas. “¿Sabéis cómo
es el final? Es como un desparramarse.”. Me gusta pensar en la vida como el milagro por
el cual un conjunto de partículas se agrupa de forma ordenada, según las
instrucciones de una secuencia de nucleótidos, y que cuando el cuerpo muere,
esas partículas se “desparraman” por el universo, formando parte de una planta,
de una piedra o de la cola de un cometa. Y que conste que no es panteísmo, es
sólo que “la vida manca” y que un "no ser" para siempre no es tan mal final.

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