Congregatio absurdi.

 

Somos muchos los que, en algún momento u otro, tomamos conciencia de que la vida es absurda. Es decir, que carece de un sentido en sí misma o propósito trascendente. Y que, mirada desde una cierta distancia y de una forma desprejuiciada, tan absurda es la vida de Einstein (por ejemplo) como la de cualquier paisano de la sierra de Outes. He empezado diciendo que somos muchos, pero no todos, los que hemos reflexionado sobre el sinsentido de la vida y podría poner muchos ejemplos, valgan algunos. “Vita ratione caret” (“la vida carece de sentido”, Panegyrici Veteres). “El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval” (Mariano José de Larra; un absurdista que no supo lidiar con su revelación y puso fin a su existencia con un tiro en la sien por un disgusto sentimental). “"¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son." (Calderón de la Barca). “"Solía pensar que mi vida era una tragedia. Pero ahora me doy cuenta de que es una comedia" (Joker). Pero sin duda, el verdadero profeta de la Congregatio Absurdi fue el gran Albert Camus, que hizo de su convicción una suerte de filosofía ilustrada por sus obras literarias; tomo de él una frase que es el verdadero bautismo de los absurdistas: “"Un hombre que cobra conciencia de lo absurdo queda ligado para siempre a él". Esta toma de conciencia dista de ser universal y, a pesar de topamos continuamente con pistas que reflejan la absurdidad de la vida (¿quién no lo ha pensado alguna vez?), la mayoría prefiere mirar para otro lado y no aceptar la realidad.

La forma clásica de echar cemento sobre el absurdo ha sido adoptar una religión. Pero ninguna religión clásica (excluyendo el budismo) ha sido capaz de reconocer que la vida carece de sentido en sí misma y, a cambio, ofrecen un truco muy burdo, sustituir sentido por propósito, situando el verdadero sentido en una ficción más allá de la vida. Ninguna religión fue lo suficientemente valiente como para aceptar la verdad y reconocer que ella también forma parte del absurdo. Hasta que surgió él (o ella). Nadie sabe a ciencia cierta quién es, quizás lo conozcan en persona sus más cercanos acólitos, pero nunca se ha mostrado en público hasta la fecha. Quizás ni siquiera exista y no sea más que otra ficción creada por los hombres, pero eso es lo de menos. El caso es que alguien me habló de la Congregatio Absurdi y me inició en la lectura de libros y visionado de conferencias que todavía circulan por internet. Fue un descubrimiento, porque me di cuenta de que la revelación que había tenido hace años era compartida por un gran número de personas y, más aún, que a partir de ella se podría construir un nuevo orden, liberado de falsedades y trucos de prestidigitación más propios de una mente infantil que de personas maduras. Comento brevemente los sencillos principios de la Congregatio:

-La vida es absurda, carece de sentido en sí misma y no existe nada más allá de ella. Una educación infantil que explique con humor y optimismo la verdad, que el envejecimiento y la muerte son inevitables, que el sufrimiento ocurrirá en mayor o menor grado y que no hay salvación posible para el desamparado ser humano, ayudará a desdramatizar acontecimientos vitales.

-Que sea absurda no significa que no sea aprovechable. Hay que dotarla de un sentido artificial, también absurdo, pero que ayude a que la vida sea provechosa. Esta es la única labor que merece la pena abordar.

-La absurdidad no debe llevar al nihilismo ni a la desaparición de valores o responsabilidad personal. Una vida irresponsable y carente de valores es una vida peor.

-Todas las vidas son diferentes y requieren soluciones personalizadas. Sin embargo, no todas las soluciones son igualmente válidas (buscar el sentido en las drogas o en la holganza lleva a la ruina vital).

-El sentido artificial debe tener dos pilares fundamentales: proyectos que resulten satisfactorios para la persona y afectos. La tarea de la Congregatio es ayudar a las personas a encontrar esos proyectos vitales y a construir afectos duraderos.

Esta es una religión sin sacerdotes y es la única en la que se estimula el sentido del humor (el negro y el absurdo son especialmente apreciados). El sentido del humor nos acerca al absurdo, a la verdad. Y nos hace reír, nos reconforta, porque de forma intuitiva sentimos que enlaza con la realidad, hace aflorar el absurdo. Este es el motivo de que todas las religiones (léase “El nombre de la rosa”) hayan perseguido el sentido del humor, tratando de apartarnos de la revelación porque, como decía Camus, la persona que la alcanza jamás será “recuperable” para los ministros de las diferentes iglesias.

No hay sacerdotes, pero sí hay ceremonias. Muy divertidas, por cierto. Las ceremonias exponen el absurdo (las participaciones de Faemino y Cansado son muy celebradas), alentan los monólogos humorísticos en los que cualquier persona puede relatar episodios vitales especialmente ridículos o se leen fragmentos de obras de autores que reflexionaron sobre el absurdo. No hay sacerdotes, pero sí personas (psicólogos, maestros, filósofos, médicos, enfermeras…) que, de forma desinteresada, ayudan a los que buscan dotar a su vida de un sentido artificial.

Te invito a unirte a la T invertida (el símbolo lógico del absurdo). First we take Manhattan, then we take Berlin (L Cohen).

 


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