Congregatio absurdi (y dos, semper dolens).
No existe, como tal, una ceremonia de
bautismo que celebre el ingreso en la Congregación, pero es obligado que un
rector manifieste su conformidad y le asigne dos guías al nuevo acólito. Estos
guías deben resolver dudas y servir de ayuda para que el recién llegado aprenda
a manejarse en la incertidumbre y el absurdo, apoyándose únicamente en dos
bastones: proyectos y afectos. La incorporación a la Congregación requiere
dejar a un lado el pudor y estar dispuesto a compartir con los guías aspectos
de la intimidad personal que probablemente se hubiera preferido mantener en
secreto. Existen lemas que algunos miembros han estampado es sus camisetas,
como “orgullo es creerte por encima del absurdo”, “el absurdo nos iguala a
todos” y un largo etcétera, pero, en general, se asume que la entrada en la
Congregación supone dejar atrás dogmas y verdades absolutas para sumergirse en
un racional escepticismo. Con todo, lo más significativo del proceso, la
verdadera marca de su singularidad, es la píldora. El neófito recibe un frasco
sellado con una etiqueta que muestra la T invertida y que contiene una píldora
que simboliza la libertad de elección. Una píldora que el sujeto podrá utilizar
en cualquier momento de su vida, y que puede provocar la muerte inmediata… o
no. El suicidio, socialmente contemplado como una lacra y un error que es
preciso evitar, es interpretado por la Congregación como el último acto de independencia y arrojo,
siempre y cuando sea meditado y racionalmente argumentado con los guías, no la
consecuencia de una situación puntual y reversible. Suicidarse ante un hecho
adverso es un fracaso, un síntoma de debilidad inaceptable para nosotros. Hacerlo
después de haber sorteado todos los baches y haberse demostrado a uno mismo que
ha exprimido todo su potencial, es arrebatarle a la muerte su victoria.
No había sido capaz de comprender por
qué se había decidido dejar ese espacio al azar y no, simplemente, asegurar una
muerte rápida e indolora a la persona que hubiera resuelto, en un ejercicio de
libertad, hacerse a un lado. Lo pregunté infinitas veces a otros
correligionarios, guías…pero siempre se me contestó lo mismo, que la respuesta
a ese interrogante es algo que cada uno debe descubrir por sí mismo. Quizás esa
arbitrariedad fuese, en el fondo, una forma más de representar la farsa. En
cualquier caso, la píldora me hacía sentir seguro, dueño de mi destino,
consciente de que podría terminar con un sufrimiento excesivo e inútil en el
momento que yo (sí, yo, no Dios, ni un médico, ni un familiar) así lo
decidiese.
El tiempo fue pasando y podría decir
que mi vida, absurda por supuesto, circuló (con alguna inevitable y excusable
salida de pista) por una vía de agradable prosperidad y confort. Pero, de una
forma progresiva e imperceptible, se fue haciendo cada vez más difícil elaborar
proyectos ilusionantes o establecer afectos firmes y duraderos. Creo que por
primera vez fui consciente de ello un día cualquiera, sentado en mi biblioteca,
cuando miré a todos esos libros almacenados a lo largo de tiempo, que tanto
habían significado para mí, cada uno de ellos en un momento concreto, y
comprendí que todo lo que leería a partir de ese instante sería repetitivo,
insípido, insustancial, y teñido de un vulgar color grisáceo. Añoré y envidié
al joven que había sido, esa persona curiosa, ávida de conocimiento y
sensaciones, llena de preguntas sin respuestas, pero con la fuerza necesaria
para buscarlas. Y es que las respuestas, en sí mismas, son irrelevantes, lo verdaderamente
valioso es el espíritu vital que conduce a poner entre interrogantes lo que se
nos ha enseñado como indiscutible. Decía antes que este proceso implosivo fue
gradual e insidioso, salpicado también de buenos momentos, y durante un tiempo
los afectos taparon la incapacidad para ilusionarme con el futuro. Pero incluso
eso se fue diluyendo, mi mujer había fallecido, los hijos siguieron su propio
camino y algunos buenos amigos y colegas desaparecieron del escenario, bien por
causas naturales o bien por seguir una trayectoria vital divergente. Recordé
las palabras de Nietzsche: “hay que abandonar la vida como Ulises dejó a
Nausicaa, agradecido, pero no enamorado” y pensé que todo lo que me aguardaba
por delante sería un gris declinar, un tope trastablillear sin ayuda de los
gastados bastones. Lo hablé con los guías y no pusieron objeciones a que
abriese el frasco en el que durante tantos años había conservado la píldora.
Una cosa es pensarlo y otra muy
diferente, hacerlo. Sin prisas, dejé bien atados todos los cabos sueltos y me
despedí de los seres queridos, sin que por supuesto ellos lo supieran. No voy a
negar que sentí inquietud (más que verdadero miedo, mi confianza en la
Congregación era absoluta) antes de tomar la píldora, me preocupaba sentir
dolor o endilgar un indigno cadáver a quien hubiera de descubrirlo. Más difícil
me resulta recordar las sensaciones que siguieron inmediatamente a la toma. Si
hago un esfuerzo de memoria (y la memoria nunca refleja la realidad, sólo
nuestra interpretación de ella), creo que era un sentimiento ambivalente; por
un lado deseé que hiciera el efecto previsto, poniendo fin a mi exitosa vida en
el momento oportuno y por el otro consideré que siempre estaría a tiempo de
adoptar un método alternativo más seguro, y que quizás ese periodo “extra” me
deparase alguna imprevista y valiosa experiencia (¿una Champions del Atleti?...
demasiado improbable). El resultado no es difícil de adivinar, ya que estoy
tecleando esta crónica con mis propios dedos. Lo que sí puedo asegurarles es
que, pasados unos minutos sin que nada sucediese, empecé a reírme, primero en
salvas cortas e intermitentes, y después de forma convulsiva y descontrolada.
Y creo haber entendido por fin por
qué la Congregación deja que el azar dicte el resultado final de la toma de la
píldora. Siempre se me había asegurado que la adjudicación de una píldora letal
o inocua era un proceso aleatorio, pero ahora empiezo a creer que todas son en
realidad un placebo y que los numerosos casos de suicidio registrados entre
nosotros son el resultado de un “segundo paso”. En lo que a mí respecta, comprendí que había
llegado al absurdo desde un punto de vista puramente intelectual y, por lo
tanto, incompleto. No había interiorizado bien lo que significa dejarse abrazar
enteramente por la absurdidad, tener con ella una comunión emocional, ser capaz
de reírse de todo, absolutamente todo, y al mismo tiempo apreciar, incluso
admirar, la brillantez de la farsa. Esa
es la verdadera libertad, y ahora soy capaz de disfrutarla plenamente.
Por cierto, no se habrán creído todo
esto que les estoy contando, ¿verdad? JAJAJAJAJAJA.
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