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Caída y auge de la fealdad humana.

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  Todo empezó con un estudio financiado por la CID (Compañía Internacional Dermoestética). Ese estudio, multinacional, estableció un patrón oro de belleza para cada raza humana creado por una IA. Las personas que se situaron más allá de dos desviaciones estándar de ese patrón fueron clasificadas como dismórficas (aunque el común de la gente lo simplificó con un adjetivo más familiar: feas). Un riguroso análisis estadístico demostró que las personas dismórficas (un 8,6 % de la población general) tenían un riesgo significativamente mayor de pobreza, suicidio, muerte precoz, depresión… que las personas canónicas. Y esta diferencia se mantenía incluso después de hacerse una corrección por la edad, situación social… y otros potenciales factores confusores. Reproduzco aquí unas declaraciones del CEO del CID: “Es una evidencia científica que la dismorfia constituye un serio problema de salud pública, y mi compañía está comprometida para actuar mejorando la calidad de vida de los pacientes...

Todo empieza en el epitelio.

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  A. era un hombre serio. Volcado en su profesión, había descuidado las relaciones sociales, especialmente con el sexo femenino. Lo había intentado, sí, pero cada una de sus citas se contaba por sonoros fracasos. No lograba sobrepasar el listón de la primera cena y el interés inicial que podía haber despertado se veía irremisiblemente transformado en conversaciones insulsas, furtivas miradas al móvil y, finalmente, en indisimulados bostezos. M. le gustaba especialmente. Ella se había interesado por sus investigaciones en el terreno del asma grave, demostrando un profundo conocimiento de una materia que era la pasión de su vida. Además, para qué negarlo, era una mujer atractiva, culta e irradiaba optimismo y simpatía. A. decidió que era un buen momento para pedir consejo a su mejor amigo: -De verdad, no sé qué hacer. Ella me atrae mucho y me he dado cuenta de que le intereso. Quizás sea por mi trabajo, no lo sé, pero me gustaría pensar que hay algo más. -¿La has invitado a cenar...

Oficina de causas.

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  Lo reconozco, siempre fui bastante vago, algo así como el “Nota” de la película de los Cohen. Desde muy joven llegué a la conclusión de que la vida carece de un sentido inteligible y que lo mejor es atravesarla sorteando complicaciones evitables como el matrimonio, la paternidad o el trabajo por cuenta ajena. Cursé una carrera, sí, pero más con el ánimo de no perderme la experiencia universitaria que de llegar a ejercerla en la edad adulta. Contando con la suerte de una generosa herencia en forma de propiedades inmobiliarias, pude ejercer mi verdadera vocación, vivir de rentas. Y así fueron transcurriendo los años, sin sobresaltos ni madrugones, con la única ocupación de pasear a mi perro, quedar con los amigos para tomar unas cervezas, ir al campo a ver los partidos de mi equipo de fútbol y organizar un viaje de cuando en cuando. Este limitado y poco ambicioso plan de acción se vio incluso reducido una vez que los amigos se casaron, tuvieron hijos y adoptaron el modo de vida más...

Te lo dije, papá, te lo dije.

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  El fútbol fue mi primera inmersión en la edad adulta. Siendo seguidor de un equipo que pretende ser alternativa a los dos hiperpastones de la Liga española, me enfrenté una y otra vez a la frustración de ver como mi Atlético era perjudicado por los árbitros cuando jugaba contra los poderosos (no en todos los partidos, evidentemente, pero sí en muchas ocasiones). El sentimiento de ser víctima de una injusticia no es natural para un niño, así que acudía a la figura paterna en busca de una explicación; pero mi padre (hincha de uno de los dos hiperpastones) siempre me contestaba con una frase prefabricada: “hijo, los árbitros son humanos y se equivocan, unas veces te dan y otras te quitan”. Este argumento era el mismo que proclamaban los periodistas de la radio y televisión ante un penalty en el último minuto o un gol en fuera de juego escandaloso. Confiado en la honestidad de los adultos, esperé en vano que (siendo el azar el factor decisivo) el error cayese de parte de mi equipo. N...

Admonición contra el victimismo de bata blanca.

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  A pesar de que ya he tocado este tema anteriormente, no me queda más remedio que volver a él ante la profusión de lastimeros escritos en los que un buen número de médicos desnuda las numerosas penalidades a las que se ven abocados por el ejercicio de su profesión. Voy al grano: -Los médicos no somos héroes, simplemente ejercemos un oficio. Leyendo lo que escriben algunos colegas, más bien parecería que regresaran de la guerra de Vietnam o de la conquista de México que de pasar una consulta. Es cierto que la sanidad pública agoniza y precisa de un cambio organizativo radical, y también que las condiciones de trabajo no son las más idóneas en muchos casos. Pero los médicos no bajan a la mina con un canario enjaulado en la mano ni trabajan construyendo estadios de fútbol en Qatar. Hay que cambiar, sí, pero para mejorar la atención a los pacientes, no para aligerar la carga de trabajo de los facultativos. Ambos objetivos pueden y deben ir de la mano si la transformación se hace bie...

Comedia/tragedia.

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Creo haber mencionado anteriormente que Mariano Ozores, el famoso director/productor, comentó en una ocasión que todo el cine está en la siguiente escena: un tipo trajeado camina por la calle con su maletín de ejecutivo, pisa la monda de un plátano y se cae con gran estrépito. El 80% de los espectadores se reirá escandalosamente, el 15% se preocupará de si el pobre hombre se ha fracturado algún hueso y el 5% especulará sobre qué determinantes sociales han llevado a que alguien haya tirado imprudentemente la monda al suelo. Comedia y tragedia. He disfrutado mucho leyendo la última novela de Landero: “Una historia ridícula”, su personaje protagonista, Marcial, está muy bien construido. El autor le dota de una forma propia de expresión y de una suerte de filosofía que aplica a la vida corriente de forma innegociable (al menos hasta que se enamora). El personaje es grotesco porque sus reacciones son exageradas al estímulo que las desencadena y porque su forma de entender la vida y de compo...

El pasajero/Stella Maris

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  Soy macartista desde que, hace ya bastantes años, Harold Bloom me llevó a la lectura de Meridiano de sangre . Puedo asegurar, sin posibilidad de error, que esa novela fue una de las que más honda impresión causó en mí, a la altura de Moby Dick, La Isla del Tesoro, 1984, El Señor de las moscas, Viaje al fin de la noche… y muchas otras que, cada una en su momento, colgaron la camiseta en el techo de mi biblioteca. Como no podría ser de otra manera, alguna de las novelas de este venerable anciano me gustaron más que otras, pero nunca tuve la sensación de estar perdiendo el tiempo frente a un texto suyo. No es mi objetivo disertar sobre Cormac McCarthy, hay suficiente información en internet sobre este autor que se puede encuadrar entre los personajes esquivos (Salinger, Pynchon) de la literatura norteamericana, lo que trato de hacer es reflexionar sobre los motivos por los que su última novela me ha conmovido profundamente. La novela. Está dividida en dos partes. La primera ( El p...